Escapate al Pueblo de Pisco Elqui
Enero 28, 2010 by admin
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Una pequeña reseña para aquellos turistas que se encuentren en la región de Coquimbo y quieran conocer, aunque sea por una tarde, las bondades del pueblo de Pisco Elqui.
Pisco Elqui se encuentra pasando el pueblo de Montegrande, a unos 12 kilómetros de Paihuano y a 107 de la ciudad de La Serena. Es un pueblo pintoresco típico del valle al que cualquier viajero con una tarde libre puede recorrer los principales atractivos de esta localidad de 800 habitantes, que puede perfectamente doblar su población durante la época estival.
Los turistas que se animen deben tomar la ruta 41 hacia el valle de Elqui. Aproximadamente 10 kilómetros luego del pueblo de Rivadavia, se debe salir de la ruta tomando el desvío hacia la derecha. La señalización es muy clara, por lo que no debería tener problemas. Pasando Paihuano y Montegrande aparece el pueblo de Pisco Elqui. El viaje desde La Serena es de aproximadamente una hora y media.
Uno de los primeros atractivos que pueden observar entrando al pueblo de calles pequeñas y coloridas, es su hermosa y vistosa iglesia de estilo ojival. Durante vacaciones o fines de semana largos puede visitarse de martes a domingo. Los artesanos que encontrará en la plaza son quienes, usualmente, la abren para que los turistas la visiten, ya que al haber veinte iglesias para tres sacerdotes en todo el valle, sus ceremonias se realizan sólo cada quince días. Frente al templo se encuentra la plaza de Pisco Elqui, la que en su centro posee una bella fuente de agua con esculturas de niños.
Los turistas suelen pedir deseos lanzando monedas a la boca de la rana que se encuentra a los pies de los pequeños. Tenga cuidado con lo que pida, que si asesta, aseguran, los deseos se cumplen.
Al costado de la plaza, cruzando la calle, encontramos la galería artesanal del pueblo, donde los turistas encuentran pisco artesanal, licores aromáticos, ornamentos, helados artesanales, hierbas y otros trabajos de la artesanía local. Especialmente recomendable el vino dulce de la pisquera artesanal Los Nichos, en el caso de que no tenga tiempo de visitar la planta.
Y si de tiempo todavía está bien, recorra los cuatro kilómetros en la ruta hacia Alcohuaz, recorrido necesario para conocer la pisquera artesanal Los Nichos. La empresa perteneció a uno de los primeros y principales productores de la zona, don Rigoberto Rodríguez Rodríguez, y su principal atractivo se encuentra en su antiguo subterráneo, el que además de usarse como cava fue durante años el lugar de juerga de numerosos amigos y vecinos del valle, entre ellos el ex presidente Gabriel González Videla. ¿Quiere saber por qué el nombre Los Nichos? Visite la planta y se encontrará con una notable respuesta.
Estos son pequeños tips para viajeros de una tarde aunque recomendamos la idea es permanecer al menos un par de días en la zona, disfrutando de la buenísima calidad de sus restoranes, campings y cabañas.
Planeta Cochiguaz
Enero 22, 2010 by admin
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Sin plaza ni iglesia. Sin calle principal ni centro neurálgico. Todo pueblo del valle de Elqui y sus alrededores posee cierto modelo similar, cierto molde pulido con los años. Pero Cochiguaz es distinto. Todo en Cochiguaz es distinto. De Vicuña a Paihuano y de ahí a Montegrande. Viras en Montegrande a la izquierda y el camino cambia, desparece el asfalto y serpenteas entre cerros y quebradas por estrechos caminos de tierra. Parece como si te hundieras en la tierra. Llegas a Cochiguaz y al mismo tiempo no llegas nunca, porque no hay un punto de llegada, un nudo, un monumento, un aviso, una señal.
El viento te saluda al llegar al Spa de Cochiguaz. No sólo te mueve el cabello: te roza, te silba, te murmura, se impone a tu presencia, y es el primero en demostrarnos que en este lugar el desarrollo humano no ha invertido las condiciones originales de nuestro planeta. Acá es la naturaleza la que reina, y nosotros quienes debemos acomodarnos a ella. Somos los hijos y ella sigue siendo la madre que te envuelve y te mece con mucho cuidado, cantando a tu oído.
El viento recorre con gracia las laderas de los cerros que nos dan la bienvenida. De pie en los jardines del spa miramos en todas direcciones, y hacia donde dirijamos nuestra vista, esos inmensos cerros nos rodean. Cecilia, Raúl, Jorge y yo saludamos a Florencia, quien con sus enormes ojos verdes nos invita a dejar atrás nuestra vida de oficina, cuentas por pagar y cuotas vencidas.
Decidimos tomar una cabaña. Podríamos haber tomado habitaciones individuales o dobles, pero la idea era llegar e irse en comunidad, conversar esperando la promesa de las estrellas en Cochiguaz.
Tocar las estrellas.
Llegamos un poco tarde, pero considerando que no habíamos comido casi nada en el camino desde La Serena, resolvemos almorzar. El Spa de Cochiguaz sirve comida vegetariana, lo que al principio para mí –carnívoro militante- parecía algo peligroso. Son los prejuicios de pensar que, al no haber carne, sólo encontrarás un plato con seis lechugas y dos tomates. Pero estuvo muy lejos de eso. La comida vegetariana, además de ser sana, es extremadamente creativa y exquisita. Comimos chapsui de verduras con arroz árabe, y ninguno de nosotros pareció extrañar un trozo de cerdo o vacuno. Dejamos eso para la vida en la civilización.
Nos quedamos un buen rato conversando en el restaurante. El espacio es circular y totalmente rodeado de enormes ventanales. Hacia donde mire encuentro las laderas de los enormes cerros que nos protegen. Se oscurece conversando y caminamos hacia la cabaña. Jorge descorcha un vino, cortamos queso, ponemos música y esperamos pacientemente que la noche termine de caer.
Apagamos las luces a las once de la noche. Y considerando que el resto de las luces en el spa son poquísimas y pequeñas, la vista es un verdadero espectáculo. Apuntar las estrellas en Cochiguaz es casi tocarlas. Descolgarlas. Cientos de millones de estrellas nos hacen lucir sorprendentemente pequeños, minúsculos. Es todo hermoso y enorme allí afuera. Tirados en el pasto boca arriba, Cecilia y yo parecemos niños viendo por primera vez el mar.
La sensación de sorpresa debe ser la misma, el descubrimiento de un misterio que estaba tan cerca, todo el tiempo. Si tan sólo todos quisiéramos apagar las luces por un minuto y girar la cabeza hacia arriba, las cosas serían distintas. Durante casi media hora intentamos en vano sacar fotografías, claramente la cámara no puede obtener todo lo que se percibe. Si queremos ver esto de nuevo, es imperativo volver. Volver o sólo recordar. Luego de unas horas bajo el enorme peso del universo, decidimos ir a dormir. El día siguiente promete de todo y no queremos hacerlo esperar.
Relájate.
“Relájate, te cuesta relajarte”, me dice Florencia, mientras comienza a hacerme Reiki. Con sus manos, me explica, transfiere la energía del universo hacia mí para corregir mis “shakras” o centros energéticos del cuerpo humano que reflejan las emociones, sexualidad, el temperamento, las pasiones, etc. Reconozco que costó relajarme. Unas horas antes habíamos cabalgado casi cuatro horas por la precordillera y en mi cabeza seguían dando vueltas los cientos de colores que vimos en las cimas, los caminos rocosos, las vegas verdes y las hermosas quebradas que cruzamos sobre nuestros hábiles rocines. Todos éramos John Wayne, todos llevamos uno adentro. Bueno, todos excepto Cecilia, que no manejaba a la perfección los códigos de un cowboy y debió bajarse en una pendiente muy pronunciada.
Los cowboys no se bajan jamás de sus potros, Cecilia. Los cowboys masticamos tabaco, no nos bañamos, cabalgamos con botas y nunca, jamás, dejamos a nuestros caballos. En mi caso, olvidé las botas en casa, en La Serena. Y ante eso, ¿qué hace un cowboy? Un vaquero de tomo y lomo sencillamente cabalga sin zapatos. Eso fue lo que hice. Tomé a Sigiberto –no muy afortunado nombre el de mi caballo-, lo monté a pies descalzos y recorrimos los cerros precordilleranos. Al final creo que no es muy recomendable, los pies sufren un poco, prefiera siempre usar zapatillas.
En eso pienso mientras Florencia intenta hacerme reiki. Poco a poco voy cediendo ante el relajo de la música y los sonidos que envuelven la sala ubicada al centro de un salón octogonal que absorbe todas las supuestas energías que concentra Cochiguaz. Pienso también, dentro de mi cuidado escepticismo, que independientemente de lo real de estas energías, en este lugar el aire es claramente distinto. Es evidente que hay algo, no sé qué, pero hay algo. Comienzo a relajarme hasta que me quedo dormido. En un momento despierto sobresaltado por el calor que siento en mi vientre. Veo cómo Florencia, con sus manos sobre él, sin siquiera tocarlo, genera calor. No, no es así, rectifico: no lo genera, lo canaliza. Es el calor del universo, la energía de éste, según el reiki. El calor está, lo siento, no es falso. Vuelvo a quedarme dormido. Despierto media hora más tarde y la sesión ha terminado. Siento como si hubiese dormido seis días seguidos, desconectado del mundo, desenchufado. Me pregunto qué será de mis shakras.
Al salir de la sala me encuentro a Raúl. Había tomado un baño de hierbas y claramente, luego de eso, no era el tipo trabajólico que yo conozco. ¿Qué había pasado con sus clásicas líneas de expresión entre las cejas? ¿Qué milagro había hecho ese baño de tierra volcánica, hierbas y sales? Fácil: lo habían relajado hasta decir basta. El cambio se notó y el colon de nuestro amigo Raúl lo agradece como nadie.
Luego entran Cecilia y Jorge. El efecto fue el mismo: párpados caídos, sonrisa y parsimonia. Definitivamente pediré hierbas la próxima vez en el spa. No será mi última vez en Cochiguaz. La energía que se siente, el aire liviano, el silencio, el sol, el cielo sorprendentemente azul, los cerros intimidantes, los caballos, el reiki. Todo, todo es distinto. Partí diciendo esto y lo repito: Cochiguaz es distinto a todo y se agradece. Tu cuerpo y tu mente lo agradecen. Ahora sólo queda esperar un próximo fin de semana para huir, escapar en dirección al valle, perderse entre tanta montaña y descansar.




